Abandonos y pieles
Odio ese pliegue de piel fláccida y seca que aparece en el codo de algunas personas cuando el brazo está estirado. Lo veo por la calle, en la gente que tengo delante y anda en manga corta, ajena a ese aborrecible pellejo grisáceo. Ya sé que es imprescindible tener un exceso de piel en el codo para poder doblar el brazo sin dolor. No es el pliegue cutáneo lo que me molesta, sino el abandono. Lo veo, hiperqueratinizado y rugoso, y me irrita.
Soy maniática. Utilizo semanalmente en la ducha un gel exfoliante en todo el cuerpo, pero especialmente en zonas agrestes como esa, porque me aterra pensar que tal vez yo también lo tenga y no pueda vérmelo. También tengo una esponja rosa (que se parece más a un estropajo que a una esponja) que pule y da esplendor a cualquier capa córnea maltrecha. Seguro que si lo hiciesen en una cárcel, sería considerado una práctica de tortura, pero enrojecer la piel con un utensilio delicadamente abrasivo no sólo no duele, sino que roza el placer si sabes que estás eliminando células muertas, detritus y suciedad, y revelando una piel suave y fina que da gusto tocar. Después te pones cremita. Y te quedas como nueva. Con pellejo, pero suave.
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