
Al levantarme esta mañana, ya supe que este día tendría algo de atípico, algo de poco habitual. No sé por qué. Tal vez porque no oí el despertador, porque ya hacía un poco de frío en el baño mientras me duchaba con la ventana abierta o porque me encontré muchas más cucarachas en la acera de lo que es normal. Es posible que sea porque arrastro la sensación picajosa de un finde raro de principio a fin. Tres días dominados por la sensación de un estado de excepción que tuvo su punto álgido ayer por la tarde en un funeral, viviendo la clásica mezcla de estupor, dolor e incredulidad que conlleva la muerte de alguien joven que conoces de siempre. Y chas, de repente ya no estará en las bodas, ni en las cenas, ni en las fotos, ni en las conversaciones. Pasará a formar parte de un reducto de temas que no se tocan, si no es en voz baja y midiendo las palabras. Para él, se acabaron los apodos tontos, las bromas sobre su aspecto, las anécdotas que ridiculizan. Ahora, cuando ya no la necesita ni le sirve de nada, lo revestirá un aura de respeto que lo diferenciará de los otros, de todos nosotros. Un aura de respeto que significa que estás muerto. Una mierda, vaya.
Por supuesto, en mi mundo egocéntrico hay muchas otras cosas menores que contribuyen a que estos últimos días sean raros, como si tuviera muchos pequeños cortes en la piel y todo me incomodara. Odio la sensación de intranquilidad, de cosas pendientes. No me gusta que se me desencajen los planes bien trazados, y me jode cuando a las 7'30 ya sé que va a ser un dia extraño y medio amargo. Llovía, diluviaba, cuando salí del ferrocarril, y no tenía ningún paraguas en el enorme bolso rojo de Mary Poppins que uso últimamente, así que me mojé un poquitín, después de esperar diez minutos a que amainara. Llegué tarde al trabajo, tenía muchos temas retrasados y acabó de anclarse en mí esta molesta irritación de un martes que parece un lunes. Podría haberme quedado durmiendo, soñando.