Dani cumple hoy 28 años. Hace casi seis que le conocí, de espaldas a mí en una clase atestada, como siempre, despeinado. Era casi de noche, y prácticamente acababa de aterrizar. Se dio la vuelta de repente y sus ojos fueron una gran sorpresa azul. Una sorpresa envuelta en el papel de regalo de sus pestañas oscuras, de su risa grande, de su narizota. Bah, siempre fui sensible a la belleza, qué tontería negarlo. Vino a Barcelona durante una temporada, a estudiar y vivir, a ser alguien nuevo sin dejar de ser quien era. Se enamoró de Barcelona, pero lo que no todavía no aprendió es que Barcelona también se enamoró de él, por eso se fue a Buenos Aires guardada en su bolsillo y en su bobo.

El día que volaba de vuelta, le regalé Rayuela, y lloramos juntos en el ferrocarril. También lloramos cuando me llamó desde el aeropuerto. Y lloramos más aún la primera vez que tuve que irme de una Buenos Aires primaveral y con su olor a querido libro viejo. La segunda, ya no lloré, porque la certeza de que volvería a verle se imponía a cualquier otra nostalgia. Y por fin, el pasado octubre en Madrid, reíamos mientras nos abrazábamos en la acera, de noche y con una luna enorme. Nos habíamos ganado, al final.
Después de tantas palabras y de tantas distancias, lo mejor que puedo decir de él es que sigue siendo una sorpresa, yendo y viniendo al aeropuerto con sus prisas, su tardanza, entrando y saliendo de mi vida sin prudencia, sin llamar al timbre. Lo mejor que puedo decir de Dani es lo mismo que puedo decir de nosotros dos: continuamos ahí, al pie del cañón de un nuevo tipo de amistad que nos inventamos. Porque al final, el tiempo pasa por él y acaba siendo amigo suyo. Los momentos con Dani siempre son de esos que colgarías en la pared con alfileres, para no olvidarlos. Da igual que sea remando en un barquito en Palermo que en un bar de la Plaza Mayor o que en la terraza de mi casa, con la tranquilidad de una noche de verano sin prisa.
Alguien dijo de Federico García Lorca que cuando él entraba en una habitación ya no hacía frío o hacía calor, "hacía Federico". Eso es lo que pasa con Dani. Nunca es uno más.
NOTA PARA ALUDIDOS: Cheeeeee, pibito. Me salió mal. Quería que fuese más lindo. Pero igual, oírte es infinitamente mejor.