Tormentas Paradigmáticas

Aquellas perturbaciones que se ajustan a mi propia idea mental del concepto tormenta...

viernes, septiembre 17, 2010

Feliz y poeta, res miranda

Miro la pared naranja que se ha convertido en el paisaje de mis horas laborales y me asusto al pensar cuánto me he perdido a mí misma o a la yo que creía ser cuando todo me dolía. No es que ahora mi piel sea más gruesa o que los asuntos viscosos me resbalen. No, no tengo una funda repelente de la suciedad. Tampoco es que haya crecido. Ocurre que vivo en un limbo suave, donde hago pasteles, punto y planes. Y también pasa que las angustias ya no son esas pelusas que se arremolinaban en mis cosas, ahora más bien son como los residuos en los fregaderos, pegados al sumidero, atenazándome en la boca del estómago hasta que los extermino con desatascador o muchos insultos. Antes la tristeza me esperaba en los rincones, pero creo que me la olvidé en la mudanza.

Ayer aprendí qué es una egagrópila y ese nuevo conocimiento me iluminó, por lo orgánico, útil y sencillo. Egagrópilas eran mis textos antes: regurgitaciones de los desechos que no quiero dentro de mí. Más al sur, las cosas fluyen, sobre todo porque mi amor lubrica mi vida en más de un sentido, y ya muy pocas veces vomito las angustias en forma de bola. De todas formas, me he propuesto y autoimpuesto la terapia diaria de regresar.

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miércoles, noviembre 05, 2008

Tras la mudanza viene la calma

Bueno, pues aquí estoy, más al sur. Sentada en un escritorio que me es aún nuevo, en una casa que supongo que un día sentiré como propia, pero en la que todavía me siento casi invitada. Es un cambio escogido, consciente, necesario, pero sin embargo, me sigue rodeando un tipo de nostalgia que desconocía, sin nombre y sin cimientos. Creo que iré a hablar con mi nuevo perro gigante, y hoy tampoco me pondré a limpiar.

NOTA: A todo esto, pudiera parecer que estoy triste. Nada que ver. Feliz con mayúsculas, porque puedo mirarle, tocarle y tenerle cada día, y el futuro cobra un nuevo significado.

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jueves, julio 24, 2008

Bucle

Casi no sé ni cómo, ya es jueves y voy a hacer la maleta de nuevo. Es paradójica y relativa la velocidad del tiempo. Como siempre, el viernes me pasará volando, y el sabado las horas se harán eternas hasta que aparque su coche en mi puerta. Después, sin darme a tiempo ni a pensar, los minutos a su lado empezarán a sucederse con velocidad inaudita, vertiginosa. Y de repente me veré de nuevo en el andén, con la dominical opresión en el pecho y el asa de la maleta en la mano, tal vez con la nariz roja por el sol. Cuando el lunes me despierte en mi cama y sepa que tengo ante mí otra semana fea, seguro que me parece que he soñado el fin de semana entero.

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lunes, julio 21, 2008

Aquí estoy

Necesito verte bien, sólo porque es tu proverbial solidez la que hace que se disipen mis angustias. Hablar contigo y que tu eterna sonrisa de nene flote entre nosotros, estampándose en mis dos mejillas y estirando mis comisuras hasta hacer brotar la risa de mi boca, de mi alma. Mi alegría depende en gran medida de la tuya, amor, y sé que la tuya está ahí mismo, solamente tapada por una capa espesa de tristeza que no sabes cómo gestionar, apartar o eliminar.

Créeme. Se irá, poco a poco al principio y sustituida por los buenos recuerdos al final. Y yo estaré ahí, a tu lado, viendo cómo resurges de esto, de todo.

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martes, julio 01, 2008

8, ya

Algunos días, la distancia se vuelve mucho más que aire y kilómetros: un muro grueso de hormigón armado. Derribarlo a cabezazos no era la mejor opción, si tenemos en cuenta mi propensión a las migrañas, los hematomas y otras cosas de personita débil, pero mis impulsos a menudo van mucho más allá de malas palabras y tonos de voz agitados. Te necesito, en toda la extensión semántica del verbo. Quiero estar contigo y sólo puedo dos de siete. Quiero hacer planes y nunca son con plazo de entrega. Quiero tomar decisiones y no puedo dejar de ser responsable y consecuente.

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sábado, mayo 31, 2008

Él

Le miro, e indefectiblemente me pregunto cómo he podido tener tanta suerte.

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martes, mayo 06, 2008

Propósitos botánicos

Hace poco empecé a regar mis plantas y a ordenar mi vida. Puede parecer una estupidez, pero realmente esos actos cotidianos y pequeños son los que dan sentido a una existencia que tiende a desordenarse. Empezar un día a limpiar el armario y organizar todo lo que contiene fue el punto de partida de un feng shui personal y privado. Quitarle las telarañas al corazón y no permitir de ninguna de las maneras que la desidia se instale en mi vida.

Un par de sábados más allá, hacía un típico día radiante en esta reseca Barcelona y me puse en manga corta y short para salir a la terraza y enfrentarme a los asuntos pendientes, esos que siempre viajan ensuciando la nostalgia. Cogí un cuchillo viejo y unos guantes de goma y arranqué las malas hierbas de las cuatro macetas que morían de abandono en la terraza colonizada por las palomas. Decidí en ese mismo instante que no dejaría perecer de sed ni al helecho, ni al ficus, ni al aloe, ni a esa planta de nombre desconocido que parece lo más resistente del mundo y que sigue ahí, imperturbable. Empecé a regarlas, a sumar esa rutina a las muchas que pueblan mis días y que me permiten saber que hago lo que tengo que hacer.


Últimamente pienso bastante en el primer momento en que le vi. Ese momento crucial del verano pasado, en el que yo desconocía por completo hacia qué lado iba a decantarse mi vida. Ni por asomo podía imaginar que menos de un año después sería el eje de mis anhelos, de mis goces, de mis sueños y de mi futuro. Pero aquella mañana miré al fondo de esos ojos marrones, de esa risa long-lasting, y supe, con un dolorcito adentro, que ese hombre podía volverme de piel en un segundo.

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miércoles, marzo 12, 2008

Happiness in a bottle

Se ríe, y su risa me salpica con gotas sonoras de alegría, destellos breves y cristalinos del niño que fue, iluminando los instantes realmente claves en nuestra existencia, esos tan escasos que pasamos juntos. Subtitulamos y entrecomillamos las frases que nos sonrojan, nos miramos y el mundo se transforma en una bruma espesa, algo desdibujado que nos envuelve pero que pierde relevancia a cada pestañeo. Eso, sólo eso, su risa y mirarle, es pura dicha. Porque al final, necesitarle es mucho más que no tenerle y desearlo. Necesitarle es sentir que los días sin él son migajas inútiles de tiempo, obstáculos absurdos. Notar, saber, que la vida pasa rápido y tempus fugit sin sentido, porque no se aprovecha y sin embargo, se escapa.

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miércoles, marzo 05, 2008

Tú

La mayoría de las mañanas, desearía que el lapso de tiempo entre ser feliz y volverlo a ser desapareciera, aunque eso implicara pasar de puntillas sobre el resto de mis días. Deseo un sábado repetido hasta el infinito, con el liderazgo absoluto de ese segundo en el que las miradas se encajan en su molde ideal y me convierto en una sonrisa gigante con tacones y bolso. Un instante perfecto de bienvenida a mi vida en el que soy toda piel y su voz, su tacto y su olor me recuerdan (de repente, con un estallido de fuegos artificiales) por qué quiero a ese hombre hasta la locura más loca.

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martes, octubre 30, 2007

Con bollitos y miel

Soy una de esas personas que no se guardan casi nada, que sienten la necesidad de explicar los terremotos a la gente cercana. De hecho, compartir las cosas buenas que me pasan y las emociones que me crean es en el fondo una manera de disfrutarlas más, de incrementar su grado de realidad, de hacerlas más palpables y más tangibles.

Sin embargo, hay algunas piedras preciosas que son sólo mías, que guardo con mimo y que protejo con todas las armas a mi alcance: el silencio, la abstracción. Porque el hecho de conservarlas en mi interior más suave hacen que sean exclusivamente para mí, significa no pervertirlas, no mutilarlas ni adornarlas, y que sean recuerdos completos, enteros y tan brillantes como los momentos que los gestaron. Callarlas es convertirlas en cicatrices internas que me hacen más yo, imperfecciones perfectas, detalles inimitables. No voy a compartir esas flores ni esas risas, ese olor y ese tacto. No quiero oir a nadie que me diga que no es para tanto, que me acerque los pies al suelo. No necesito segundas opiniones, planteamientos, razón.

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jueves, octubre 18, 2007

Tras dos años

No sé muy bien porque decidí llamar así a este blog. Supongo que el día en que lo abrí, hace más de dos años, me pareció una buena idea. En esas semanas, eran dos palabras que se me agrupaban a menudo en la mente. Era un estado de ánimo, la tempestad que me suele agitar por dentro, y que viene precedida y seguida por engañosas épocas plácidas. Esta casita de mentira tenía que representar a mi clásica tormenta, la tormenta que responde a mi propio paradigma de tormenta.

Soy así, inestable, revuelta. Con un manantial de dudas, de miedos, de angustias, que choca con mis risas, con mis buenos momentos, con mis instantes brillantes, creando torbellinos extraños en mi interior. Sigo aquí, dos años después, escribiendo menos, palpitando más y sufriendo de a ratos. Me pasan cosas, cosas pequeñas, cosas medianas, cosas que hacen que sea más y menos niña a la vez. Doy cuerda a mi ilusión con franjas de meses, de futuros latidos, y cuando eso acaba, miro hacia otro lado. No sé lo que quiero.

Sin embargo, hay cosas que no cambian, que me siguen rodeando como si fueran parte de esta piel transparente que no me protege de nada.

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martes, septiembre 25, 2007

Cosas que no digo. Cosas que no hago

Hace días que quiero decir cosas, y las palabras me nacen de ese lugar blandito de adentro. Nacen, crecen y se quedan en ese limbo flotante, que podríamos llamar apatía. Puedo respirar hondo y pensar que es mejor que se vayan, hasta que lo hagan. Puedo sentarme frente a un bloc de post-its amarillo pálido y tomar notitas tristes con tinta negra. Puedo hacer varias cosas, pero no hago nada. Las miro bailar frente a mí, sabiendo por qué vienen y qué es lo que quieren de mí.

No hago nada. A menudo me revisto de zinc o de titanio, o de cualquier otro material resistente. Y las cosas impactan contra mi cuerpo sin daños, rebotan o caen, pero no me afectan mucho.

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lunes, septiembre 03, 2007

Las lágrimas tontas y sus engranajes misteriosos

Sigue siendo un misterio el mecanismo de mi tristeza autoinfligida.

Anoche me dieron las mil viendo a Punset hablando sobre sueños, las sustancias que segrega el cerebro, la realidad y nuestra percepción de lo que es sueño o no lo es. Después, pensando en eso, no podía dormir, o eso creía, sin lograr averiguar del todo si seguía despierta o ya me había dejado caer en esas brumitas oníricas que parecen tan reales. Me había pasado la tarde viendo videos de cuando R era pequeño, con su carita redonda y su sonrisa de dientecillos separados. Estaba conmovida y nostálgica, hipersensible, con la mente en esa realidad lejana que tiende al color sepia y no es más que un pasado descolorido. En la pantalla, se movía gente que ya no existe, como mi bisabuela Encarnación, vestida de negro, sonriente y oronda, sentada en la puerta de su casa, abanicándose con la mano en un caluroso agosto de hace más de veinte años. O una yo de tres años que casualmente pasa corriendo frente a la cámara, con una aureola de pelo rubio despeinado escapando de la coleta.

Todo eso + algunos sueños inoportunos en la noche del sábado al domingo, nada más llegar de Lisboa, + la proximidad del retorno a la vida normal, + incertezas y preocupaciones, + la época que se avecina + un subebaja hormonal= un panorama de tristeza difusa. Una tristeza que es más un montón de pequeños motivos dispersos que una gran razón sólida, pero que al final se atraganta igual de espesa y rasposa.

Volví, aquí estoy. Qué cortas son siempre las vacaciones.

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jueves, julio 19, 2007

Fracturas

Algunas veces las cosas se rompen en silencio, sin un enorme crash ni estrépitos de ninguna clase. No cómo una taza que cae del estante y se desgaja en mil pedazos sonoros, con una onda expansiva de desconcierto. Un cristal de la ventana amanece partido, quién sabe porqué, y nadie oyó cómo, ni cuándo, decidió aparecer esa grieta que lo atraviesa en diagonal. A veces, la gente, las situaciones, enferman durante tanto tiempo que la muerte llega sin ruido, transparente y sigilosa. Y nada se quiebra con un estallido, no supone un cambio, ni siquiera una tragedia. Las cosas se rompen poco a poco, y la fractura final es un adiós blandito, un desvanecimiento sutil, un último suspiro inaudible, casi un alivio. Intuyo que el dolor no desaparece por no aparecer de golpe, sólo se pospone, guardadito entre los pliegues sedosos de la normalidad, y gotea desordenadamente en los días, las mañanas, la memoria. Cualquier día el sufrimiento llega como una cuchillada. No, no tan feroz e intenso. Como una migraña: crónico, sordo y continuo. Porque a veces, los finales son sólo puntos finales. Y la vida sigue cicatrizando en el capítulo siguiente. Tanto que el final es fantasmagórico y fácil de pasar por alto: un papel impecablemente blanco marcado por la tinta negrísima de un signo tipográfico. Como éste.

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lunes, mayo 07, 2007

Precipicios

Qué miedo estar así, al borde, y saber que un paso, un solo paso, es zas, al fondo. Tengo esa clase de vértigo sin altura que atenaza la boca del estómago y recorre la espalda con un escalofrío-frío, como de montaña rusa pero en serio*. Me ronda por dentro una sensación como de presagio, como de cercanía, de final de trayecto, de posibilidad próxima, que tal vez quede en eso, una sensación. Pero si no, qué miedo dar otra vez vueltecitas-peonza, y reír hasta que estalle el globo de mi vestido sin que importe nada, y eso sobre todo, que no me importe nada en el mundo, es lo más desorientador para alguien como yo, que lo controla casi todo. Morirme de ganas de decir cosas, y lo que es peor, decirlas, sin culpa ni duda ni miedo ni prudencia ni estrategia. Sólo vomitar palabras a borbotones, con toda su intensísima carga semántica, su ristra de connotaciones y de dobles sentidos, su séquito infinito de quisedecir, su peso emocional, su recuerdo indeleble. Decirlas, y luego saberlo, recordarlo, sentirlo y sufrirlo, cargar con la culpa, las consecuencias. Uf, qué miedo otra vez sufrir ese descontrol (divertido y estresante) sobre mí misma, esas licencias para matar, esa excesiva tolerancia sobre mis actos, esa permisividad que no merezco y me otorgo.

Y si al final nada ocurre, será más tiempo invertido en elucubraciones que no llevan a un sitio concreto, no? Tiempo empleado en conocerme. Pasar rato conmigo y aprenderme.


* De pequeña, que me asomara a los balcones era altamente peligroso. Necesitaba tirarme, con una desmesurada e inconsciente atracción por el vacío que me convertía en una pequeña kamikaze. Me sostuvieron, me enseñaron y ahora ya no quiero tirarme casi nunca, aunque la distancia entre mi frente y el suelo sigue siendo algo con impulsos de atraerse.

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miércoles, abril 25, 2007

El día menos pensado

Hace ya algunos días que no me despierto ni me voy a dormir con esa ansiedad por lo que no tengo y sin embargo quiero. Una ansiedad que es estimulante y que suele exasperarme e inspirarme a partes iguales. Me siento más tranquila, administrando mejor mis deseos de lo que acostumbro, y es bueno porque significa una vez más que el tiempo dispone y gestiona los anhelos. Y malo, porque me acomoda en la normalidad, y no hace más que tirar cubos de arena fina encima de unos deseos inoportunos, desestabilizadores, que tarde o temprano acabarán emergiendo con fuerza. Porque no son agotados, rechazados, sino dormidos, aletargados... hibernando en una primavera rara. Cualquier día, un timbre y un terciopelo fracturan la capa de hielo, el glaseado o lo que sea... y el alud comienza a formarse de nuevo, arrastrando las rutinas, haciendo una bola con las sensaciones. Cualquier día. El día menos pensado.

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domingo, abril 01, 2007

Apatía dominical y lluviosa

Es domingo por la tarde y llueve finito: esa clase de cortina de agua casi imperceptible que tiñe la ciudad de plateado, volviendo el asfalto un espejo empañado, con un cielo gris y luminoso a la vez. Hoy es el día de la primavera en Barcelona, aunque haga más frío ahora que en pleno invierno, y esta mañana en el parque de la Ciutadella (ese con lago y barquitos, Dani) me han regalado una plantita con una flor de color naranja, un símbolo con tiesto y tierra de una estación que no toma partido, como ninguna últimamente. Hoy se está bien en casa, mientras las gotas repiquetean en el cristal, y me arrebujo en el sofá con el pijama de corazoncitos y el notebook, a escribir poquito a poco, sin saber muy bien qué palabras van a salir de esta sensación apática que tengo hoy. Sin embargo, las paredes amarillas me acogen como un nido tibio, abrazando con cuidado esta vulnerable piel mía que se deshace al menor roce: es un placer desconocido tener un poco de tiempo e invertirlo en un té caliente, una respiración calmada, un aprendizaje lento de mí misma. No quiero controlar nada, dejaré que los minutos y los actos fluyan y se acompasen por sí mismos, porque me agota por dentro y por fuera estar pendiente, avanzarme, esperar y desesperarme.

La belleza de las cosas me abruma. La ciudad se me cae encima este fin de semana, hubiera querido estar lejos. Los planes me salvan. La incertidumbre me mata. El no saber me desquicia. Suerte de la lluvia, que limpia las calles, renueva el color del cielo, nutre las cosas buenas. Igualito, igualito, que unas lágrimas bien lloradas.

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