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Aquellas perturbaciones que se ajustan a mi propia idea mental del concepto tormenta...
a veces sirve que te mientan es más lo pides aunque sepas que nada de lo que salga de esa boca hambrienta será cierto te hace bien oirlo e incluso una parte pequeña de ti lo cree y piensa que si lo dice es porque lo siente un poco si no podría negarse callarse decirte no pero si pronuncia la frase sin dudarlo en voz susurrante que acaricia tu oído y agita tu pecho pueden ser dos cosas que lo sienta aunque sea poco que lo empiece a sentir que la conciencia le crezca adentro o bien que necesita decirlo para que te calles para que no le pidas más cosas raras para que no le tengas en vilo a punto a punto para que le abraces también con las piernas para que seas suya sobre todo con el cuerpo húmedo y ágil porque no le importa nada más allá de este instante pero lo dice no una sino mil veces seguidas sin pausa sin comas sin puntos sin respirar aunque sea mentira lo dice y en ese momento lo piensa porque te lo dice y no duda no vacila y no le cuesta decirlo le brota la frase estalla entre los dos y sigue diciéndolo cuando ya no hace falta repitiéndolo como un mantra una letanía una oración que le ata al mundo que le ata a unas sábanas que le ata a tu piel blanca que le ata en el fondo le ata y se deja atar
1. Ayer recibí una carta. Un sobre marca galgo de color blanco, alargado. En su anverso, un sello autoadhesivo con código de barras, ilustrado con una bandera, que me indica que la carta pesa 20 gramos, que salió de Buenos Aires el día 27 de abril y que enviarla costó 4 pesos. El anverso también tiene dos direcciones escritas a mano en bolígrafo azul oscuro. La caligrafía, redondeada, y diría que con un poco de serif, con letras que se enlazan unas con otras y tildes casi horizontales. El nombre del destinatario (yo) y del remitente, en mayúsculas, y el resto en minúsculas. Creo que es una letra de persona metódica, inteligente, sensible. Es más, estoy segura: lo es. En el reverso, nada. Dentro, una tarjeta de papel verjurado color oro viejo, bastante gruesa, de una medida aproximada de 10 por 15 centímetros. A un lado, una pegatina del Café de Nuit de Van Gogh, y al otro, un mensaje manuscrito, cuatro frases y una firma. Hago una descripción exhaustivamente física, porque no sé cómo empezar a describir la emoción de recibir una carta hermosa entre tanta factura teléfonica y papel del banco, lo especial que fue ese detalle para mí. Gracias, Vic.
Qué miedo estar así, al borde, y saber que un paso, un solo paso, es zas, al fondo. Tengo esa clase de vértigo sin altura que atenaza la boca del estómago y recorre la espalda con un escalofrío-frío, como de montaña rusa pero en serio*. Me ronda por dentro una sensación como de presagio, como de cercanía, de final de trayecto, de posibilidad próxima, que tal vez quede en eso, una sensación. Pero si no, qué miedo dar otra vez vueltecitas-peonza, y reír hasta que estalle el globo de mi vestido sin que importe nada, y eso sobre todo, que no me importe nada en el mundo, es lo más desorientador para alguien como yo, que lo controla casi todo. Morirme de ganas de decir cosas, y lo que es peor, decirlas, sin culpa ni duda ni miedo ni prudencia ni estrategia. Sólo vomitar palabras a borbotones, con toda su intensísima carga semántica, su ristra de connotaciones y de dobles sentidos, su séquito infinito de quisedecir, su peso emocional, su recuerdo indeleble. Decirlas, y luego saberlo, recordarlo, sentirlo y sufrirlo, cargar con la culpa, las consecuencias. Uf, qué miedo otra vez sufrir ese descontrol (divertido y estresante) sobre mí misma, esas licencias para matar, esa excesiva tolerancia sobre mis actos, esa permisividad que no merezco y me otorgo.
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Desconcierto inicial. No entiendo los vericuetos de mi mente. En el fondo, debe ser más manipulable y floja de lo que pensaba.
Etiquetas: Los sueños
Un mes parecía un siglo cuando colgué el teléfono y respiré hondo. Una espera picante y casi dolorosa que hacía bullir esa impaciencia que siempre reside en mí. Un mes, cuatro semanas, treinta días, setecientas veinte horas, cuarenta y tres mil doscientos minutos, más de dos millones y medio de segundos, de manecillas corriendo y números digitales parpadeando antes de ponerme esas medias de crochet, esas botas altas, ese vestido negro y minúsculo. Antes de meterme en la ducha y untarme de la cabeza a los pies con crema con olor de vainilla. Siempre me gustó oler a postre.
Etiquetas: Los sueños
En Semana Santa, estuve en la Provenza con Raül, Alberto y Arnau. Fueron unos días divertidos, con un sol grandote, momentos llenos de risas y comida estupenda. El último día, en Avignon,antes de volver a subir al cadillac marsellés de vuelta a Barcelona, dormí una siesta pequeña sobre el césped, junto al río. Esta es mi cara y mi pelo despeinado al despertar...